
Perdonar No es Olvidar, es Liberarte a Ti Mismo
Hace tres años, guardaba una carta no enviada en mi mesita de noche. Cada noche, antes de dormir, releía las palabras que me habían lastimado y construía respuestas en mi mente. Un día, al ver mi reflejo en el espejo, entendí: no estaba castigando a quien me hirió; estaba encarcelándome yo misma. Perdonar no nació como un gesto hacia otros, sino como un acto de supervivencia emocional. Si hoy cargas con un rencor que te quita el sueño, este es mi testimonio para ti — no como experta, sino como alguien que aprendió a soltar.
1. Reconocer la prisión que construiste
El rencor no es un castigo para quien te hirió. Es una casa que construyes con tus propias manos, ladrillo a ladrillo, cada vez que repites la historia en tu mente. Yo lo descubrí cuando noté que, aunque años habían pasado, mi cuerpo aún se tensaba al recordar.
No preguntes: «¿Cómo pudo hacerme esto?»
Pregúntate: «¿Qué me dice este dolor sobre lo que aún necesito sanar en mí?»
2. Darle nombre al fantasma
Durante meses evité nombrar mi dolor. Lo llamaba «incómodo», «molestia», cualquier cosa menos lo que era: traición. Un día, sentada en el jardín, escribí en una hoja: «Me siento traicionado/a». Al nombrarlo, perdió poder. No se trató de justificar al otro, sino de honrar mi propia herida sin adornos.
Haz esto conmigo ahora: toma un papel y escribe una sola frase que nombre tu dolor sin suavizarlo. Luego, quémalo o rómpelo. No es magia. Es un pacto contigo: «Ya no esconderé lo que siento».
3. El giro más silencioso: ver al otro como humano
Perdonar no es decir «está bien lo que hiciste». Es entender que detrás de cada herida infligida hay una herida no sanada. Yo no perdoné a quien me lastimó porque mereciera mi perdón. Lo hice porque yo merecía dejar de llevar su peso.
Prueba esta reflexión en tu próxima meditación: imagina a esa persona como un niño pequeño, antes de aprender a lastimar. No para excusar, sino para recordar: todos actuamos desde nuestras sombras no iluminadas. Este no es un acto para ellos. Es un regalo para tu corazón.
4. La ceremonia del corte (mi ritual personal)
Mi terapeuta me enseñó un ejercicio que transformó mi práctica: cada vez que el rencor regresaba, me sentaba en silencio y visualizaba una tijera dorada en mis manos. No cortaba con ira, sino con gratitud — agradecía a esa experiencia por enseñarme mis límites.
Te invito a probarlo:
1. Siéntate con la espalda recta, manos en el regazo.
2. Respira profundamente tres veces.
3. Visualiza una tijera de luz entre tus manos.
4. Corta suavemente el hilo que te une a esa persona.
5. Di en silencio: «Gracias por la lección. Ahora libero tu peso».
6. Imagina que el hilo se convierte en mariposas al tocar el suelo.
5. La paz no es un destino, es un hábito diario
Nadie perdona una vez y para siempre. Yo sigo practicando. Algunos días, el recuerdo regresa con fuerza. En esos momentos, no lucho contra él. Simplemente coloco una mano en mi corazón y digo: «Estoy aquí. Tú no controlas mi hoy».
El perdón verdadero no se mide por si puedes abrazar a quien te hirió. Se mide por si puedes dormir sin que el pasado robe tu sueño. Por si puedes reír sin que una sombra opaque tu alegría. Por si hoy, en este momento, eliges tu paz sobre el derecho a tener razón.
Conclusión: El perdón es un acto de valentía, no de debilidad
No perdones porque sea lo correcto. Perdona porque mereces caminar ligero. Porque cada gramo de rencor que sueltas se convierte en espacio para respirar, crear, amar. El perdón no borra el pasado. Te devuelve el presente.
Hoy, en lugar de preguntarte «¿Cómo puedo olvidar?», pregúntate: «¿Qué parte de mí misma estoy dispuesta a recuperar?». La respuesta ya vive en ti. Solo necesita espacio para florecer.
